Siete semanas

Cinco minutos para la medianoche, caímos rendidos sobre aquellas sábanas negras, nuestros cuerpos desnudos se apartaron uno del otro, ambos tratábamos de recobrar la respiración; el sexo había sido excelente como cada ocasión en que nos encontrábamos. Durante las últimas cinco semanas todo había sido sexual, no conocíamos nada del otro, simplemente dejamos que la química nos llevara a la cama, a saciar nuestros deseos y lograr cada una de nuestras fantasías. 

Ella frotaba su vientre mientras inhalaba el humo del último cigarrillo, después de la ultima bocanada dijo que todo había terminado. La pasión comenzaba a descender, el sexo en los últimos días comenzaba a ser más seguro, sin riesgos. Atrás habían quedado los momentos en que buscábamos cualquier lugar público para dejarnos llevar por el peligro. Ella estaba ahí desnuda sobre las sábanas negras de mi cama intentando explicar las razones por las que ya no era tan agradable coger conmigo.

Sin duda el pasar un par de noches en prisión por haber sido sorprendidos en el auto dentro de aquel estacionamiento había provocado en ambos que nuestros encuentros se llevaran a cabo en su casa o en mi departamento. El sexo era muy bueno, pero faltaba la dosis de adrenalina, esa que nos hizo hacerlo en cuanto cine, bar o restaurante encontrábamos. Respiré aliviado, siempre pensé que sería yo el que no encontraría la forma de terminar cuando la pasión se alejara de aquí. La miré ahí tan tranquila disfrutando de la última noche a mi lado. Me miró y agradeció que estuviera ahí aquella noche. Se levantó de la cama, se colocó el vestido, se acercó y dejó en mi cama sus pequeñas bragas como recuerdo. 

Una búsqueda de vino nos hizo cruzarnos, ambos entramos a la tienda tratando de encontrar un buen vino para pasar la velada, ella tenía una cena con clientes y yo recibía a unos buenos amigos que tenía tiempo sin ver. La miré acercarse y me pareció atractiva, no era una modelo, pero su cuerpo era hermoso, con grandes ojos cafés y una cabellera larga que le llegaba a la cintura donde comenzaban un par de excelentes nalgas muy bien formadas. Ella volteó y me sonrió, -¿Conoces de vinos?- me preguntó.

Sonreí y me acerque a su lado para recomendarle un buen vino sudafricano que probé en una cata reciente. Ella me miró tratando de entender todo lo que yo decía acerca de la acidez de los taninos y como podía sentirlo en los dientes. Sin pensarlo ella pregunto si tenía algo que hacer y le dije que no, finalmente podría agendar una nueva fecha con mis amigos, pero sería difícil volver a encontrar la oportunidad de conocer a esta bella mujer de labios gruesos. Me pidió le disculpara un par de minutos, mientras tanto cogí del estante dos botellas de syrah de la región de Swartland.

Ella regresó y fuimos al restaurante de James, ella lucía algo sorprendida de entrar a este sitio, el capitán nos llevó a la terraza. Usualmente solo James utiliza este espacio, pero después de muchos favores me había otorgado el poder de utilizarlo a mis anchas, finalmente siempre consumía la exquisita cena que se sirve en su restaurante. Nos sentamos y le pedí al mesero un par de copas y unas bruschettas de entrada. Ella sonreía y de pronto dijo que no quería tener una cita de esas aburridas donde hablaba de su vida, de a que se dedicaba y prefería que le siguiera contando acerca de los vinos y su maridaje con la comida. 

Después de varías copas, finalizamos la cena con un tiramisú acompañado de un capuccino moka. Me acerque un poco a ella y nuestros labios se buscaron de inmediato, a partir de ese momento simplemente comenzamos a jugar con nuestras manos recorriendo los cuerpos. En un momento quise detenerla y ella me susurró al oído que deseaba que le hiciera el amor en la mesa, que era mi recompensa por aquella velada. Aún no creía lo que estaba sucediendo y sabía que James no estaría de acuerdo con el uso que le daría a su terraza exclusiva donde solo algunas celebridades habían tenido acceso. Miré al mesero y le pedí que cerrara la puerta, ella me miró y se sentó literalmente en la mesa, levante su falda y pude ver su entrepierna depilada que se mostraba húmeda, mi pene se comenzó a llenar de sangre mientras ella descubría su hermoso par de senos. Me acerque y comencé a lamer en forma circular sus pezones, ella me arañaba la espalda mientras con sus dedos jugaba con su vagina. De pronto colocó sus dedos en mi boca para compartirme su sabor agridulce provocándome a bajar a su entrepierna y degustar de sus jugos que en este momento se comenzaban a verter sobre la mesa.

La lleve al clímax, mi lengua trazaba círculos en su clítoris mientras con mis dedos exploraba su interior hasta frotar su punto G que la hizo explotar llenándome de sus jugos vaginales. Me levanté y saqué mi pene hasta acercarlo a su vagina, lo froté y se llenó de sus jugos, la jalé de los muslos y la acerque al filo de la mesa, fue en ese instante que no pude resistir más y la penetré con fuerza, ella soltó un grito que seguramente escucharon todos los comensales del restaurante, me quede unos segundos quieto, disfrutando de la sensación de su vagina caliente cubriendo mi pene por completo, su cuerpo temblaba, arqueó su espalda y me pidió que me moviera. El vaivén comenzó y yo entraba y salía de su cuerpo dejando en cada arremetida un chorro de sus jugos esparcido en la mesa, ella me rodeó con sus piernas para hacer que entrara cada vez mas profundo, le tomé de la cintura y con prisa comencé a aumentar la velocidad de mis arremetidas. Ella se mordía una mano tratando de contener sus gritos, sabía que muchas personas nos escuchaban afuera y disfrutaba saberse ahí, desnuda, haciendo algo con lo que muchas mujeres fantaseaban y que solo ella se atrevía a hacer. Se levantó y se aferró a mi espalda mientras yo me acercaba al orgasmo, me gritaba al oído que deseaba tener mi esperma en dentro. Eso me puso muy caliente, hasta que logró que explotara dejando salir mi liquido blanquecino inundando su pequeña vagina.

Ambos sonreímos y con prisa nos vestimos para salir del restaurante escoltados por las miradas acusadoras y algunas otras de envidia que al subir al auto nos hicieron carcajear mientras le llevaba a su casa. Así comenzó esta aventura que duró más de 45 días.

Ya son treinta minutos después de la media noche, ella se ha ido, su cuerpo jamás volverá a estar a disposición del mío. Pero sin duda sé que tendré mucha suerte si me vuelvo a topar con alguien como ella. 

Donde quiera que estés, mi agradecimiento por cumplir mis fantasías, por inventar unas nuevas y por hacerme sentir que vale la pena salir a comprar un buen vino.

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