Obscura

Sus manos tomaron las mías, se acercó con calma tratando de acurrucarse a mi lado. La mire mientras ella descansaba. Era apenas una niña, su maquillaje y vestimenta retaban a la sociedad, oculta detrás de esas ropas negras se encontraba una joven mujer que a escondidas leía poesía, que lloraba viendo películas románticas. Con sus cabellos pintados de morado y rosa buscaba ocultarse, alejarse de la sociedad que discrimina a todo aquel que no actúa como los demás y ella no deseaba ser vista de esa manera.

La mañana de aquel miércoles la observe acercándose, pude distinguir su cuerpo debajo de aquel conjunto oscuro. La gente alrededor le miraba con cierto miedo, ella asumía su papel y retaba a todas aquellas mujeres que le barrían con la mirada. Le observé lentamente, fue ahí que me di cuenta de quién era. Entró rápidamente a la librería de la esquina y se detuvo unos minutos frente a las novelas, leyó furtivamente un par de libros, de pronto el tercer libro la atrapó, dio un gran suspiro y sus dientes atraparon su labio inferior tratando de ocultar cierta excitación. 

Me acerqué con cautela, no deseaba asustarla, solo me interesaba conocer su aroma, estaba seguro que la fragancia de su cuerpo sería algo increíble, quizá a flores o a un aroma fresco, quizás una suave fragancia a sábanas de lino. Ella seguía atrapada por el libro, su respiración se entrecortaba, sus mejillas se sonrojaron y pude darme cuenta que esa pequeña mujer se sentía atraída a leer por completo ese ejemplar. Miré como sus manos sujetaban con fuerza aquel libro y me alejé hacía la puerta, crucé unas palabras con el dependiente y salí de esa librería.

Crucé la calle con prisa buscando un poco de café y nicotina, pasados unos minutos ella dejó aquel libro en la mesa, el joven dependiente se acercó y charlaron por un par de minutos. Ella lucía desconcertada pero regresó a la mesa y tomó aquel libro nuevamente. En la puerta de la librería se detuvo, miró a su alrededor, trataba de encontrar a quién le había regalado ese libro. Yo encendí un cigarrillo esperando que su necesidad de leer aquel libro la hiciera cruzar la calle y sentarse en el mismo sitio que yo.

Ella abrió los ojos, me acarició el cabello y me preguntó la edad, sonreí, le dije cuantos años tenía y ella se dejó caer sobre mi pecho, su cuerpo desnudo me hacía erizar la piel cuando se colocaba sobre el mío. Apenas habían pasado unas horas de conocernos pero ella me trataba como si me conociera de toda una vida. Sus manos bajaron hasta mi sexo, con una sonrisa pícara me preguntó si aquellas historias eran reales y si algún día escribiría sobre ella en un libro. Con una rapidez inusual me excitó, sus manos recorrían con gran maestría todo mi sexo mientras ella besaba mi pecho bajando lentamente hasta colocar sus labios sobre mi glande.

Se sentó en la mesa de al lado, pidió un café americano y sacó de la bolsa el libro, comenzó a leer con prisa, de pronto me miró ahí sentado y se acercó a pedirme un cigarrillo, le dije que fumar mataba, usando una frase de aquel libro ella solo respondió “para eso vinimos a este mundo, a experimentar todo el placer que podamos antes de que nuestra vida termine“. Le sonreí, no podía creer que aquella chiquilla de ojos cafés intentara coquetear usando palabras que escribí hace algunos años. Le encendí el cigarrillo y le invité a tomar una taza de café. Ella aceptó y comenzamos a charlar acerca del libro. Me confesó que una semana antes lo había descubierto en aquella mesa de novelas y relatos en oferta, que al principio le pareció obsceno el titulo y que lo dejó ahí junto a las otras obras de 30 pesos. Pero unos días después volvió a encontrárselo y decidió darle una oportunidad. Con inocencia me preguntó si creía que aquellos pequeños cuentos pudieran ser reales, se preguntaba si al autor le habían sucedido experiencias sexuales tan perversas y si a mí me habían ocurrido alguna vez. Bebí un poco de café y le respondí que para poder responder a sus preguntas primero teníamos que presentarnos. Ella se sonrojó y me dijo su nombre, -Dania-. Sus labios pintados de negro me pidieron hacer lo propio y fue ahí que descubrió la verdad. 

El resto de la tarde transcurrió teniendo sexo por todo el departamento, nos levantábamos a la cocina, bebíamos un poco de vino y preparábamos algún bocadillo y en un instante nuestros cuerpos volvían a entrar en ese frenético estado casi animal que nos llevaba a intentar hacer el amor una y otra vez. Su cuerpo era hermoso, sus piernas blancas culminaban en un bello par de nalgas. Sus pechos juveniles apuntaban al cielo coronados por unos pezones rosados, casi rojizos. Pensé que moriría cada vez que llegaba al orgasmo dentro de aquella chiquilla. Sus gritos estoy seguro que molestaron a mis vecinos, pero también estaba seguro que esta experiencia no se volvería a repetir así que me entregué al igual que ella, le penetraba con una fuerza brutal y ella en cada oportunidad buscaba atraparme entre sus piernas, mantenerme ahí, tratando que nuestros sexos se unieran en uno solo. 

Ella cerró aquel libro, me miraba de forma extraña, como mira una pequeña niña a su padre, pero al mismo tiempo con cada una de mis respuestas mordía sus labios y por encima de su blusa podía notar como sus pezones estaban erguidos. En un instante se acercó y me dijo al oído que deseaba estar a solas conmigo. La imagen era extraña, ella con su alocada imagen y yo por mi parte parecía más su padre que aquel que le invitaría a pasar la noche en mi casa. Salimos de aquel café y caminamos rumbo a mi departamento. 

Al cruzar la puerta de mi departamento se lanzó sobre mí, era divertido verla tratando de seducirme, acercó su cuerpo al mío y frotó sus pechos contra mí. Sus labios con prisa buscaron los míos y fue en ese instante que le detuve. Sabía que estaba excitada, así que tomé el control de la situación, la llevé a la cocina, destapé una botella de vino y ella me miró asombrada, no había bebido vino tinto en toda su vida. Le pedí que bebiera un poco y que lo saboreara antes de pasarlo por su garganta. Después de hacerlo, le pedí que habláramos un poco más acerca de ella, era mi oportunidad de conocer un poco a aquella mujer oscura. No había nada extraño en su vida, todo lo contrario, su familia era normal, sus hermanos eran profesionistas y ella simplemente había decidido un día ser todo lo que ellos jamás habían querido ser. Bebió otra copa, su cuerpo comenzó a reaccionar al vino, sus mejillas tomaron color y su cuerpo comenzó a sudar, me acerqué y la tomé con mis manos y le di un beso largo, exploré sus labios y nuestras lenguas se encontraron haciéndolo aún más intenso.

Ella trató de quitarme la ropa y le detuve nuevamente, le tomé por la cintura y la senté en la barra. Mis manos comenzaron a acariciar su cabello y su espalda, nuestras lenguas se entrelazaban, en un instante le despojé de su ropa, era muy bella, su cuerpo desnudo se erizó al sentir el frío de mi cocina, comencé a acariciar sus bellas formas, mi mano izquierda acariciaba sus nalgas, mis labios bajaron besando cada tramo de piel hasta llegar a sus pechos, ella cerró los ojos, se entregó a las sensaciones, sus gemidos comenzaban a aparecer y sus piernas se abrieron a mis caricias, su entrepierna estaba húmeda, dejaba escapar pequeños riachuelos de su néctar. Sus pezones se pusieron duros, se recostó sobre la barra y dejó su sexo frente a mí, mis labios siguieron descendiendo hasta llegar a su monte de Venus, era la tierra prometida, esa que se escondía detrás de la ropa oscura. Sus labios rosados estaban inundados y comencé a jugar con mi lengua sobre ellos, ella se retorcía de placer mientras yo daba algunos lengüetazos probando ese delicioso néctar agridulce. Introduje mi lengua entre sus labios y pude sentir su clítoris que comenzaba a hincharse, ella gritó de placer mientras que yo lo lamía en círculos, sus piernas temblaban. De pronto se puso rígida como una piedra y un gran torrente salió de su entrepierna anegándome la boca. 

Le dejé descansar un poco, ella bebió más vino, su rostro se iluminó y sus ojos mostraban que estaba complacida. Pero aún no había comenzado, esto solo era el preámbulo de lo que seguía, la abracé y la llevé hasta la habitación, la dejé caer sobre la cama y sin decir más la voltee y puse un poco de aceite en su espalda, mis manos comenzaron a masajear su cuerpo, sus piernas comenzaron a temblar nuevamente, su respiración se hizo un poco más difícil, le pedí que se pusiera en cuclillas, su vagina se asomó debajo de sus nalgas y ahí tomé un pequeño vibrador de mi cajón. Lo encendí y lo metí lentamente en su vagina, ella comenzó a gemir nuevamente. Fue entonces que tomé una toalla húmeda de mi buró y comencé a limpiar entre sus nalgas, ella se sorprendió e intentó levantarse, le rogué que confiara en mí, que no le penetraría por el ano, al menos no en ese momento. El vibrador seguía haciendo su trabajo. Abrí sus nalgas, tenía que saciar mis ganas de darle un beso negro. Sintió mi lengua acariciando en círculo su apretado ano y fue en ese instante que comenzó a gemir con fuerza, de pronto sus manos buscaron su clítoris y fue en ese momento que le di una nalgada con fuerza, ahí su cuerpo comenzó a contraerse, estaba llegando al orgasmo, bajé mi lengua y me apoderé de su clítoris, ella gritó una y otra vez que estaba a punto de correrse, sus piernas se apretaron y dejaron escapar sus jugos mojándome todo. 

Cayó rendida sobre la cama con el vibrador aún funcionando, con jadeos me pidió que la penetrara, que sacara el aparato y la hiciera mía que quería que la cogiera, que le dijera cosas obscenas como los relatos en aquel libro, mi pene estaba listo con aquellos gemidos y gritos. Me desvestí de prisa y quité el vibrador. Ella se giró y fue entonces que la miré lista. Trataba de jalarme hacia ella y le abracé las piernas mientras colocaba un par de almohadas bajo sus nalgas, ella no entendía pero se dejó hacer todo aquello que nunca había experimentado pero que al leer aquellos cuentos deseaba conocer. Me puse el preservativo y me acerqué lentamente, le tomé de la cintura y la acerqué hacia mí, con mi pene erecto comencé a recorrer su entrepierna. Ella exigía que se la metiera, que quería sentirme dentro, fue ahí que puse mi glande en la entrada de su vagina y de un pequeño golpe estuve dentro de ella. Con un ritmo pausado le fui llevando hasta el clímax, ella no dejaba de apretarme y se contoneaba. Sus gritos pedían que le penetrara con fuerza. La levanté de la cama y nos unimos en un abrazo, ella se aferró a mi cuello y comenzó a darse sentones mientras movía sus caderas en círculos. Me decía que era mi perra, que deseaba ser mi puta, que quería comerse toda mi verga. Esa pequeña mujer logró excitarme con aquellas palabras que ninguna mujer me había dicho antes. Mi miembro se puso rígido aún más y el vaivén de sus sentones comenzó a ser frenético. De pronto ella comenzó a apretar su vagina y sus piernas me abrazaron con fuerza, estaba a punto de llegar al orgasmo, yo seguía tratando de mantener el ritmo y no eyacular pero fue en ese instante que ella hundió sus uñas en mi espalda y me mordió el hombro mientras gritaba. Sentí como una corriente eléctrica me recorrió el sexo y culminó con mi semen dentro de aquella mujer que cayó rendida sobre mi.

Aquella tarde fue el inicio de un par de días que no olvidaré y estoy seguro que ella ahora podrá leer esto y verá que cumplí mi palabra de escribir sobre esa pequeña mujer que rescató mis letras de un botadero de treinta pesos.

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