Gabrielle

Corría el año 1992, la ciudad se vestía de luces para celebrar la Navidad, la gente corría de una tienda a otra agotando el aguinaldo. Miles de personas peleaban por el juguete de moda, por otra parte estaban los empleados de las grandes tiendas tratando de ser amables y completar sus cuotas para poder irse a casa a pasar la nochebuena.

Esa noche mi turno comenzaba a las 10:00 p.m., caminaba entre la marea de personas, intentaba llegar al café para comprar una taza y seguir mi camino hacia mi trabajo, veía a las madres cargando bolsas y peleando en el área de envolturas para que les atendieran de inmediato.

Justo en medio de toda aquella multitud estaba ella, con su cabello pintado de color rosa, sus grandes ojos y un traje de dos piezas en color negro que acentuaba su piel pálida. “Gabrielle” se podía leer en su gafete metálico que se situaba justo encima de sus pequeños senos. Se mantenía inmóvil, la gente a su alrededor se movía con prisa y ella sólo miraba como arrancaban las mercancías a su alrededor. Su semblante era parco, como si no perteneciera a este mundo.

La curiosidad me hizo acercarme, su rostro cambió mientras ella hablaba sin detenerse ofreciéndome tramitar una tarjeta de crédito. Yo no dejaba de pensar en su piel blanca, me intrigaba saber como se vería desnuda esta mujer. Imaginaba que sería como estar con la muerte, sus grandes ojos me miraban mientras yo asentía y dejaba que llenara una solicitud de crédito.

Veía sus manos blancas y la recorrí con la mirada, era de complexión delgada pero tenía un trasero bien formado que se podía distinguir debajo de ese horrible uniforme negro. Sus labios se movían y yo sólo admiraba lo carnosos que eran, sentía que era mi obligación besarlos. Ella me miraba con sus grandes ojos negros, tratando de ser amable, comenzaba a darse cuenta que la memorizaba, trataba de  guardar su imagen lo más nítida posible. Terminé mi trámite y le agradecí su atención, mientras me alejaba vi como nuevamente se quedaba sola entre aquella multitud que la rodeaba.

Llegue a mi trabajo, en la puerta la gente se amontonaba esperando entrar para celebrar con otras almas solitarias la navidad, saludé a mis amigos al llegar, todos estábamos listos para hacer que todas estas personas se olvidaran por unas horas de la soledad, la nostalgia y la lejanía con sus familias. Me coloqué detrás de la barra; me gustaba estar ahí, podía disfrutar de la gente contando sus intimidades, mientras yo preparaba sus tragos. Podía coquetear con las mujeres que por una sonrisa eran capaces de dejar una propina y su número telefónico. La puerta se abrió y la multitud entró buscando el mejor lugar para pasar esta noche, las mujeres iban vestidas de fiesta, algunas con grandes escotes o faldas microscópicas que dejaban poco a la imaginación tratando de conseguir alguien con quien tener una noche buena. Los hombres no eran la excepción, algunos dejaban mostrar el pelo en pecho, otros trataban de ser más discretos, algunos simplemente se pavoneaban gritando que les enviara una botella de champagne para impresionar a las damas que ahí se encontraban.

Podría decirse que la noche transcurría como era de esperarse, el alcohol comenzaba a eliminar las inhibiciones y el pudor pasaba a segundo plano, algunas mujeres en la pista frotaban sus nalgas con el miembro de su pareja de baile, otras parejas buscaban la oscuridad para entregarse a la carne y al deseo. El arsenal de botellas comenzaba a verse minado y las primeras 3 horas del 25 de diciembre se habían extinguido. En un momento de tranquilidad cargue con las botellas vacías y me dirigí a la bodega. Al entrar al almacén los gemidos y gritos de una mujer pidiendo que su amante no se detuviera desataron en mi una excitación inusual, su voz me era conocida. En aquel sitio cada noche la pasión de quienes visitaban el bar convertía un pequeño espacio en alcoba, estaba hecho para los amantes ocasionales, aquellos que eran consumidos por el deseo de tener sexo desesperado con algún extraño. 

No pude contenerme, me acerque con sigilo y pude ver el cuerpo de aquella mujer moviéndose frenéticamente sobre el sujeto que la tomaba firmemente de la cintura. Sus arremetidas eran bestiales y sus gritos apenas si eran cubiertos por la música del bar. De pronto ella lo tomó del cabello y plantó sus pies en el suelo. La vista era increíble, se subió la falda e hizo a un lado su tanga, de un sentón se introdujo aquel miembro palpitante en su vagina y comenzó a moverse en círculos arrancando un grito de aquel afortunado hombre que se encontraba dentro de ella. Yo estaba perplejo, podía sentir en mi miembro cada movimiento de ella hacia atrás y hacía adelante, sus gemidos se convirtieron en gritos que le ordenaban a él que no se corriera, quería sentirlo en lo más profundo de su ser. El la sujetó con fuerza de las nalgas e hizo más intenso el movimiento. Podía escuchar el sonido que se escapaba del choque de sus sexos. Estaban por llegar al orgasmo, las manos de él la sujetaron con fuerza como para que no se escapara, ella por su parte enterraba sus uñas en la espalda de su amante e intentaba morder los labios de quien le estaba causando tanto placer.

En un instante todo fueron jadeos, intentaban recuperar la respiración, ella se dejó caer sobre él, y el la abrazó cálidamente, era como si a partir de este momento ambos cuerpos se hubieran exorcizado los demonios que les habían hecho realizar este acto carnal. Ella se sacó del interior el miembro flácido de aquel hombre, se acomodó con prisa la falda, se colocó el sostén y abotonó su blusa mientras un diálogo extraño se desarrollaba entre ambos, ninguno volteaba a mirar al otro, parecía como si los amantes en el momento del orgasmo hubieran perdido la capacidad de comunicarse. Cruzaron miradas y un simple gesto terminó con el acto, mientras salían yo traté de ocultarme detrás de las cajas vacías.

Al salir pude ver su rostro, sus grandes ojos me hicieron saber que era la misma mujer que antes tenía el cabello rosa, me sentía excitado de haberla visto jadeando de placer, ahí frente a mí, era una sensación extraña, disfrutar como penetran a la mujer que te gusta, ver como se rindió ante el deseo carnal me hizo perder la razón, necesitaba poseerla, no estaba satisfecho con haberla visto, la excitación me hizo presa y sin pensarlo deje que el deseo me consumiera y me dirigí a la oficina del almacén, como siempre estaría ahí oculta la encargada, sin decir más me abalancé sobre ella, solo me miró y no sé que habrá pensado pero correspondió a mis besos y mis caricias con la misma intensidad que yo. Sin decir más, de la manera más básica y animal nos arrancamos la ropa y saciamos nuestra necesidad de sexo. Pasados unos minutos de disfrutar de nuestros cuerpos ella quedó rendida sobre sus notas y facturas, jadeaba tratando de recuperar el aliento, yo, me acomode la ropa y le di un beso. Con prisa salí antes de que me diera cuenta que aquella mujer no era con quien hubiera deseado estar.

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