Anotaciones de viaje (1era. Parte).

Era un día común, subí a un avión, me atormenté durante 5 horas de vuelo intentando recordar si olvidé empacar algo, y aunque no logré recordarlo, al tocar tierra en Bogotá todo eso desapareció, al salir de la sala del aeropuerto no podía creer que existieran tantas mujeres atractivas en mis primeros 15 minutos en tierras colombianas. Desde la mujer que revisó mi equipaje al llegar, hasta la joven morena que me reservó el transporte, pasaron ante mí una cantidad impensable de mujeres de grandes caderas que además con ese tono de piel tostado y el tono de voz comenzaron a hacerme sentir deseo.

Confieso que antes de viajar tenía intenciones de pasarla bien con la colega con la que me encontraría en Bogotá, que aunque merece estar en la fantasía de cualquier hombre, se quedaba muy corta ante las deseables amazonas sudamericanas. Intenté por todos los medios no voltear a verlas como si se tratara de una enfermedad o perversión, pero el deseo me obligaba a hacerlo. Llegué al hotel y por fortuna me atendieron puros hombres que me ayudaron a instalarme para pasar mi primer noche en la ciudad.

Justo cuando parecía que había sobrevivido el síndrome de enamoramiento al ver a las mujeres colombianas, me encontré en el bar de hotel a una mujer de cabello negro rizado que terminaba justo encima de su trasero bien formado, un par de glúteos redondos y parados que te hacen entender porqué todas las mujeres mexicanas quieren comprar pantalones colombianos. Estaba ahí parada, recargada en la barra, podía notar su hermoso cuerpo debajo de un vestido ligero en color rojo que mostraba su diminuta ropa interior.

No dudé en acercarme, ella me miró y me regaló una sonrisa pícara lo que me hizo sacarle plática. El resto de la noche fue agradable, compartiendo experiencias y burlándonos de las diferencias entre mi español y el suyo. Las horas pasaron y la media noche nos alcanzó, eramos un par de viajeros que trataban de sacarle jugo a la primera noche en esta ciudad. Bebimos un trago tras otro y cuando menos lo pensamos subiamos en el elevador probando los labios del otro.

El calor comenzó a invadir nuestros cuerpos, con prisa nos dirigimos a su habitación, apenas si cruzamos el umbral de la puerta, nos despojamos apresuradamente de nuestras prendas, nuestras pieles se encontraron, nos recorrimos mutuamente y nos volcamos en caricias mientras nos comiamos a besos tratando de devorarnos.

Nos dejamos consumir por el deseo, nos unimos en una intensa y violenta guerra de cuerpos, donde cada uno buscaba someter al otro a su antojo; yo deseaba poseerla como si no hubiera un mañana y ella pretendía cabalgarme hasta que mi cuerpo cayera sin vida. Los gemidos y los gritos ocuparon aquella habitación, intentamos cada posición conocida e intentamos inventar nuevas, saciando nuestros fetiches y perversiones sin dudar en ocupar la boca de nuestro amante con nuestros sexos húmedos.

El sol apareció por la ventana, nos encontró ahí rendidos, uno sobre el otro, besándonos y acariciando nuestros sexos hinchados y dolidos por la batalla recién culminada. Era tiempo de partir, ambos nos metimos al baño y nos despedimos mientras llegabamos nuevamente al clímax.

Regresé a mi habitación rendido, sin fuerzas pero consciente que había comenzado un viaje por estas tierras que estaba seguro que me traerían nuevas experiencias que ya les estaré compartiendo.

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