Artemisa | Relatos Eróticos, Sex Stories, Relatos, Cuentos

Salí del taxi y comencé a caminar intentando encontrar la locación perfecta, desde mi llegada a Cartagena recorría las calles concentrándome en descubrir el lugar perfecto para la sesión de fotos, los edificios coloniales me hacían imaginar la vida en otras épocas, la gente a mi alrededor me contaba historias de piratas que en alguna otra época reinaron en la ciudad, seguí caminando hasta llegar a la plaza de Santo Domingo, ahí me encontré con Juan Eusebio, un pequeño colombiano que se ofreció a contarme sobre la ciudad amurallada y a guiarme en mi aventura, mientras seguíamos nuestra travesía entre los callejones Juan no paraba de hablar, me contaba algunas historias que desearía haber vivido.

Pasadas unas cuantas horas y algunas historias de aquel chiquillo moreno encontré lo que buscaba, una gran casona con fachada de piedra, la puerta de madera mostraba el paso de los años marcados en el surco de cada pedazo de madera. Sin detenerme crucé el umbral, la casa era magnífica, al centro tenía un jardín que era perfecto, el sol iluminaba perfectamente todo el lugar, mientras tomaba algunas imágenes de las puertas y las ventanas de ese lugar la voz altisonante de una mujer me sacó de mis pensamientos, bajé mi cámara y ahí estaba una hermosa mujer morena de grandes ojos verdes exigiéndome que me retirara de su casa, Juan Eusebio también gritaba tratando de hacerla entrar en razón, yo solo admiraba su hermoso cuerpo, las curvas de su anatomía que se asomaban bajo aquel vestido casi transparente. En un instante se colocó frente a mí y su aroma a flores me hizo olvidar las razones por las que había venido hasta aquí.

-Soy fotógrafo-, le dije, ella me miró mientras le explicaba que necesitaba rentarle su casa para la sesión, que se trataba de un catálogo de modas y que le pagaría muy bien por un par de días, que no buscábamos nada más que eso, ella solo me decía que no tenía porque meterme a su casa, le pedí disculpas y le entregue mi tarjeta de presentación, Juan Eusebio me miraba con sus grandes ojos negros y me hacía señas para que saliéramos con prisa de ahí. Ella no decía una sola palabra, sus ojos me miraban fijamente, le sonreí e hice el intento de arrodillarme ante ella y fue ahí que aceptó mi propuesta, -Me llamo Artemisa- dijo mientras me dio la mano, sus labios me regalaron una sonrisa al tiempo que me preguntaba de dónde era. La plática se volvió cordial y después de algunos minutos acordamos lo referente a la sesión y salí de ahí con algo más que la intención de tomar fotos.

Mientras caminaba recordaba su piel morena, imaginaba las formas de su anatomía casi mulata, realmente dejé de escuchar todo lo que Juan me decía mientras caminábamos de regreso a mi hotel. Al llegar le pedí a la coordinadora de la sesión que estaba en el lobby que compensara al pequeño Juan por haber servido de guía y que le diera una acreditación para que nos acompañara a la sesión ya que se mostraba muy emocionado. Subí con prisa a mi habitación, me urgía darme un baño, no sé si era por el calor, por la humedad o porque aquella mujer había despertado mis instintos. La noche llegó y bajé al bar del hotel para beber algo con el equipo y conocer a las modelos que extrañamente venían de Dinamarca, Alemania e Irlanda. No puedo negar que tenían su encanto pero algo en mí no dejaba de fantasear con aquella mujer. Bebimos algunas copas y ya de madrugada regresé a mi habitación.

La mañana siguiente todo estaba listo, el equipo había preparado todo para la sesión, desayunamos en la camioneta unas ricas arepas de huevo mientras coordinábamos lo necesario para la sesión. Al llegar bajé con prisa y decidido entré a la casa que ya estaba ocupada por todo el staff, ahí estaba también Juanito y las chicas descoloridas de la noche anterior que tenían un par de horas en el sitio buscando que la maquillista y la peinadora hicieran milagros. Tomé mi cámara y comencé a hacer algunos disparos, intentaba encontrar a aquella mujer en algún sitio, recorrí la casona mientras capturaba algunas imágenes de los cuadros, los pasillos y todo aquello que me pareció único. Llegué hasta el fondo del corredor y ahí estaba ella sentada en un pequeño banco dándome la espalda mostrando sus caderas amplias mientras cepillaba su larga cabellera rizada, me miró por el espejo y me sonrió, me había sorprendido observando su amplio culo.

La saludé y justo cuando le daba un beso en la mejilla entró mi asistente acabando con mi intento de coquetear con aquella mujer. Le pedí que me disculpara y salí decidido a terminar lo más pronto con mi trabajo para poder sacar a todos de ahí y poder conocer más sobre aquella mujer. Las horas pasaron y muchas fotografías después dimos por terminada la sesión, las modelos se fueron y el equipo recogió todo lo que habían montado para lograr las tomas, me quedé sentado mientras bebía un fresco de aguacate para quitarme el calor. El aroma a flores me hizo voltear al pasillo, ahí estaba ella, con el cabello sujetado y apenas cubierta por un vestido blanco casi transparente que me dejaba ver su ropa interior blanca que contrastaba con su piel morena. Se acercó y se sentó a mi lado, comenzó a preguntarme sobre México, sobre el mariachi y todo aquello que nos identifica en el mundo a los mexicanos.

La gente desapareció, mi asistente se asomó para decirme que ya nos teníamos que ir al hotel, le pedí que se marchara y que yo iría más tarde caminando al hotel, solo quedamos ahí ella, mi cámara y yo. La charla era trivial, las sonrisas forzadas, fue en ese momento que la miré fijamente y me acerqué lo suficiente para mostrar mis intenciones, sin decir más ella me ofreció sus labios y nos unimos en un beso salvaje y apasionado, nuestras lenguas se enredaron y probé el dulce sabor de su boca. Ella se levantó y con gran habilidad se posó sobre mí aprisionando mis piernas entre las suyas hasta rozar su cálido sexo con la erección que comenzaba a provocar en mí. Sonrió, y de un movimiento levantó su vestido mientras mis labios comenzaron a besarle el cuello. Sus manos desabotonaron mi camisa mientras las mías liberaban sus pechos redondos coronados por unos pezones cafés que comenzaban a erizarse, nos abrazamos mientras nuestras lenguas seguían su odisea.

No sé decir cuanto tiempo pasamos así, mi falo comenzaba a doler provocado por el encierro y ella comenzaba a humedecer mi pantalón con la fricción y las caricias que estaban provocando su excitación. La tomé por las nalgas y nos levantamos de aquel lugar, caminamos unos metros hasta donde estaba la mesa del jardín, la sujeté por la cintura y la subí a la mesa, ella me miraba sorprendida, coloqué sus talones sobre la mesa al tiempo que con mi otra mano le despojaba de su pantaleta empapada de sus jugos íntimos. La miré, sus pupilas cambiaron de color, eran más oscuras, sus mejillas se enrojecieron y ella recorría sus labios con la lengua, me quité el pantalón con todo y la ropa interior mientras ella veía como aparecía entre mis piernas mi miembro erecto apuntando hacia su vagina húmeda. Me acerque y froté mi pene en sus labios, ella cerró los ojos y comenzó a gemir, golpeé con mi pene su vagina y ella solo atinó a exigirme que se la diera toda, que dejara de jugar, con una de sus manos pellizcaba su pezón izquierdo mientras con la otra frotaba su clítoris que comenzaba a hincharse. Apunté mi pene y coloqué el glande en la entrada de su vagina, la miré y ella se tomó de la mesa en el preciso momento en que de un solo golpe empujé hacia su interior, los fluidos de su cuerpo hicieron la entrada muy sencilla, de su boca escaparon pequeños gemidos, en un segundo embate ella se dejó caer sobre su espalda mientras maldecía pidiendo que se la metiera por completo.

Empujé hasta estar totalmente dentro de aquella mujer, sentía como apretaba mi pene, sus piernas me rodearon y ella se levantó hacía mi, rodeó mi cuello con sus brazos y mis manos sujetaron sus nalgas con fuerza mientras nos sumergimos en un vaivén salvaje, nuestros sexos chocaban con fuerza, ella mordía mi cuello, sus manos arañaban mi espalda y yo apretaba sus nalgas tratando de hacer más profunda la penetración, cambiamos de posición y la empiné sobre la mesa mientras me colocaba detrás de ella y de un solo golpe le hundí mi virilidad, ella solo atinó a gritar mi nombre acompañado de un “hijoeputa”, y otras vulgaridades que me hicieron excitarme aún más, la mesa crujía con cada arremetida, la tomé del cabello y sin decir más le jalé hacía mi mientras ella gritaba que no me detuviera que se estaba viniendo mientras de su sexo sendos ríos inundaban el piso. Su cuerpo comenzó a temblar, había llegado al clímax, su cuerpo se relajó, su respiración se hizo pesada y yo seguía ahí, dentro de ella disfrutando de la sensación.

Con su mano sacó de su interior mi pene, se levantó y me llevó hasta el sofá que estaba en la habitación contigua, ahí me obligo a acostarme y con gran maestría se tragó todo mi falo erecto, podía sentir como llegaba más allá de su garganta, era increíble la sensación y logró ponerme al máximo en pocos minutos. Se levantó y se colocó sobre mí, nuevamente de un golpe introdujo mi miembro en su vagina y sin decir más comenzó a realizar giros con sus caderas a un ritmo frenético mientras que me exigía que le reconociera que ninguna mujer me había cabalgado como ella y créanme, lo era, apoyó sus manos en mi pecho y los sentones se hicieron más intensos, estaba a punto de explotar, el sonido de nuestros sexos chocando era intenso y sus gritos me obligaron a luchar para no correrme y seguir disfrutando de esta experiencia inigualable. Con gran habilidad se sentó y colocó sus manos en mis piernas e hizo su cuerpo hacía atrás e intensificó los giros y el mete-saca mientras me avisaba que estaba a punto de correrse, yo no pude más e inundé su interior mientras ella se desplomaba rendida sobre mi pecho.

Nos quedamos ahí unos minutos recuperando el aliento, -me gustaría ir a México- dijo suavemente, -aunque no estoy segura si mi marido estará de acuerdo en que viaje sola-. La miré, no podía creer que estuviera tan tranquila y que apenas se atreviera a decir que estaba casada. Me vestí y nos despedimos con un largo beso, ese mismo día dejé Cartagena.

Hoy estoy aquí, a unas horas de que Artemisa cumpla su sueño de visitar México y de que busquemos los lugares más exóticos para hacer el amor.

Brucolaco.

 

 

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