La serie colombiana

Ella me esperaba como cada noche al llegar del trabajo sentada en el sofá viendo algo en la televisión, yo siempre llegaba y comenzaba a despojarme de los lentes, la chamarra y el bag pack con mi computadora mientras le iba diciendo como me había ido en la oficina. Entré a la cocina y saqué del refrigerador una cerveza. Caminé hacia la sala para darle un beso y en la televisión una mujer desnuda se restregaba de espaldas contra un sujeto barbón con cara de malo y acento colombiano. En eso mi mujer se dio la vuelta en el sillón y me preguntó si ella me gustaba mientras su mano se colocó sobre mi miembro que ni tardo ni perezoso se comenzó a poner firme.

Con sus manos me quitó el cinturón y hábilmente bajó la cremallera y metió su mano por debajo de mi bóxer liberando mi pene mientras en la televisión la mujer de amplias nalgas se clavaba el miembro del colombiano entre sus piernas. Mi mujer mientras tanto se encargó de tragarse mi verga lentamente centímetro a centímetro hasta que pude sentir sus anginas golpeando mi glande. Deseaba tomarla en ese momento y al igual que a la mujer en la pantalla clavarle mi virilidad entre sus nalgas; en ese instante tomé su sudadera y descubrí su delicioso trasero apenas cubierto por una hermosa tanga que deliciosamente se hundia entre sus nalgas firmes.

La sensación era increíble, ver a aquella mujer mordiéndose los labios de placer mientras podía sentir como mi mujer succionaba con fuerza tratando de exprimirme me puso muy excitado. Sin decirle más, brinqué por encima del sofá y le coloqué en cuatro mientras le despojé de su tanga. Me hinqué detrás de ella y me dispuse a devolverle el favor. La humedad emanando de su sexo era evidente, el delicioso sabor agridulce y sus gemidos me obligaron a dejar de lamer su vagina y a llenar su pequeña cavidad con el trozo palpitante en que se había convertido mi pene. Los gritos y gemidos de la mujer en la pantalla y de mi mujer se mezclaban, ya no sabía quién de ellas era la que exigía que le diera con más fuerza pero por si las dudas yo obedecía sin preguntar nada más.

Después de unos minutos nuestros cuerpos sudorosos estaban por llegar al clímax y cual animales salvajes chocábamos nuestros sexos mojando todo a nuestro alrededor. De pronto la tormenta se ahogó en un grito de placer donde los dos caímos rendidos sobre el cuerpo del otro mientras el colombiano en la pantalla se despedía de aquella mujer dejando sobre la mesa una faja de billetes que estoy seguro que fueron el pago justo para aquella mujer que nos incitó al fornicio.

¿Quién dijo que la televisión era mala influencia?.

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