Bendita tecnología

Entré a aquella cafetería pensando si realmente funcionaría esto de utilizar Tinder para acostarme con alguien sin que hubiera ataduras, y es que ¿qué tipo de atadura podría esperarse de un divorciado con dos hijos adolescentes? Pero también la necesidad de coger con alguien que no fuera de mi entorno cercano me llevó a descargar la aplicación y registrarme.
Era mi primer encuentro con alguien y aun me parecía extraño pensar en que cruzaría un par de palabras con alguien y después simplemente nos iríamos a buscar donde tener intimidad. Después de pedir mi bebida con sus mil opciones me senté a esperar que la hora del encuentro llegara, el sonido de la puerta abriéndose me obligaba a tratar de identificar a mi cita. Una mujer de 38 años, divorciada que le gustaba el vino y el café y que por su foto de perfíl tenía un muy agradable par de piernas, y es que siempre tuve la fantasía de tener sexo con una mujer de piernas largas que rodearan mi cuello mientras le penetraba duro aferrándome a ellas. De pronto entró aquella mujer vestida de negro con un par de tacones que acentuaban más el movimiento de sus caderas y el vaivén me obligó a preguntarme si así se moverían sus nalgas cuando estuviera sobre mí.
Se despojó de los lentes y se acercó con gran seguridad para saludarme dejándome pintados sus labios en mi mejilla. Su aroma era espectacular, sus grandes pechos se asomaban por debajo de su ligero vestido mostrando las curvas de su cuerpo. Sin decir más me dijo que tenía poco tiempo, que si no tenía inconveniente le gustaría que siguiéramos la conversación en un lugar más privado. Sin dudarlo salí detrás de ella mientras ella me hipnotizaba con su meneo.
Subimos a mi coche y nos dirigimos a un motel cercano, con prisa estacioné mi auto y mientras me encargaba de pagar y pedir unas bebidas más acordes a la situación, ella subió a ponerse cómoda en la habitación. Unos cuantos minutos después subí las escaleras y cerré la puerta de la habitación. Al girar pude verla sentada en la ventana con las piernas abiertas con el vestido cubriéndole la entrepierna. Me miró fijamente y me dijo.
– Cariño, me disculpo por la prisa pero tengo que irme en 30 minutos, pero espero que te guste esto y podamos vernos en el futuro con más tiempo.
En ese momento dejó frente a mí su vagina apenas cubierta por un pequeño triángulo de vello oscuro que parecía indicar el camino correcto. Sonreí, era mucho mejor de lo que esperaba, soy un obseso del sexo oral y ella estaba ahí con sus labios húmedos pidiendo que me sirviera de ellos por la próxima media hora, sin perder el tiempo me hinqué a rendirle tributo a la diosa de grandes piernas que en agradecimiento a mis besos y lenguetazos me rodeó con sus piernas y dos veces se corrió en mi boca mientras sus manos me jalaban del cabello. Me hizo pararme frente a ella y me abrió la cremallera, metió la mano y con prisa liberó mi verga palpitante que sin decirme más se introdujo en su boca. Era una experta en la felación, sus dedos liberaron mis testículos y los acariciaban con las uñas mientras ella daba pequeños chupetazos en mi glande como si quisiera extraerme la vida en cada intento. Estaba a punto del clímax cuando me dijo nuevamente:
– Nos quedan 8 minutos amor, y no quiero que vayas a manchar mi vestido, Pero como me gustaste mucho te voy a dar a elegir,
¿Te gustaría correrte en mi boca o en mi culo?
Por supuesto que la decisión era sencilla, deseaba estar dentro de aquella mujer, por lo que ella sacó de su bolsa un condón y me lo puso rápidamente con su boca. Hundió sus dedos en su boca, ya con saliva se colocó contra la ventana y se llevó los dedos mojados dentro de su pequeño ano color rosado.
– Soy toda tuya amor, hazme tu perra.
Mi pene nunca había estado tan rígido que fue sencillo colocarlo entre sus nalgas, apuntarlo al centro del pequeño orificio y empujarlo mientras ella pedía que se lo metiera hasta el fondo. Era demasiado estrecho y podía sentir sus contracciones sobre el miembro que hacía que me prendiera aun más. Sin decir más la penetré por completo y con furia le arranqué gritos de dolor y de placer, podía admirar sus grandes nalgas rebotando mientras mi pene entraba y salia de aquel pequeño orificio. El tiempo se estaba terminando y ella hábilmente tomó mis testículos con su mano y los comenzó a frotar mientras que yo bombeaba con mayor fuerza, en un instante ella comenzó a gritar y de su sexo brotaron chorros que me mojaron el pantalón y los zapatos mientras que yo me aferré a su nalgas y eyaculé como nunca antes lo había hecho. Ella se saco lentamente mi verga de su trasero y se acomodó el cabello y el vestido, tomó su bolso y me dijo:
– Amor, lamento lo de tu pantalón, tengo que irme, mi uber ya está aquí. Pero prometo que pronto te llamaré para reivindicarme contigo y prometo que no habrá límite de tiempo.
Sin decir más salió de la habitación y me dejó ahí, rendido y aturdido por lo que había sucedido. ¿Quién habría de pensar que todo sucedería tan solo por darle clic a un botón en mi teléfono?
Bendita tecnología del placer.

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