Monday, 16 Jul 2018

Amante frustrada

Aquella noche de abril un viento cálido cubría las calles de Guadalajara, era poco más de la medianoche y todavía podía verse a una que otra pareja de enamorados acurrucados en las jardineras del Paseo Chapultepec intercambiando fluidos y quitándose las ganas de tocarse hasta donde la ley o su pudor lo permitiera. No importaba la edad, igual podías ver a parejas que apenas llegaban a los 18 años como a aquellos ya entrados en años buscaban disfrutar de la noche.

Encendí un cigarrillo mientras caminaba rumbo a mi casa. Un auto se detuvo a mi lado y del mismo una mujer madura descendió sin importarle mi presencia y abrió las piernas dejándome ver su ropa interior que apenas cubría su sexo que dejaba escapar una pequeña línea de vello púbico.

– Buenas noches – me dijo.

Mientras respondía el saludo ella se levantó y salió de aquel auto rápidamente, caminó delante de mí dejándome admirar sus nalgas y se metió al edificio donde vivo. Pensé en ese momento que podía ser una nueva inquilina o que quizá era pariente de la Sra. González que cada cierto tiempo recibe a sus familiares que la visitan desde Sinaloa. Mientras yo me acercaba a la recepción a saludar al portero ella entró en el elevador con prisa.

Me quedé unos minutos recogiendo mi correspondencia y platicando de las molestas campañas políticas y del famoso debate del que todos estaban hablando esa noche. Finalmente me despedí, tomé mis papeles y me dirigí al ascensor. Al abrirse las puertas choqué de frente con aquella mujer que con un gesto desencajado y los ojos llorosos profería una serie de improperios en contra de todos los hombres del mundo. Me disculpé mientras ella me miró y simplemente atinó a llamarme “pendejo”.

Me hice a un lado para que pasara y puse la mano en la puerta del elevador para dejarla salir. Ella dio unos pasos rumbo a la salida, muy contrariado por que no esperaba que me pendejearan entré en el elevador y justo cuando las puertas iban a cerrarse ella se metió nuevamente gritando que la disculpara y que ella no era así pero que no sabía que hacer mientras las puertas del elevador se cerraron detrás de ella.

Mientras aquella mujer no dejaba de hablar yo solo atinaba a decirle que no había problema, que no me había ofendido y que se tranquilizara. El elevador se abrió y nuevamente le dije que se tranquilizara, que ese era mi piso. Puse la mano en el sensor de la puerta y antes de salir le pregunté si estaba bien, realmente la veía descontrolada y fue ahí que se soltó llorando, desconsolada dejaba escapar las lágrimas mientras se insultaba por no haberse dado cuenta de algo.

Tengo que aceptar que dudé en hacerlo, pero al verla en esa situación le invité a mi departamento a que bebiera algo y se tranquilizara mientras le pedía un taxi o le dije que si quería podía hablarle a alguien para que la recogiera. Sin dudarlo aceptó y caminamos hasta llegar a mi casa. La invite a sentarse en la sala y le ofrecí algo de beber. Tengo que decir que no me sorprendió que eligiera un vaso de Jack con hielo.

Me senté frente a ella y mientras bebía comencé a observarla, era una mujer muy bonita, sus grandes ojos cafés me miraban mientras se seguía disculpando porque había sido muy grosera. El vestido acentuaba lo curvilíneo de su cuerpo en el que destacaban sus pechos que se asomaban ligeramente por su escote. Con gran prisa terminó su bebida y le pregunté si ya se sentía mejor mientras le ofrecí otro vaso de whiskey. Ella se quedó mirando a través de las ventanas la ciudad.

– Y pensar que imaginé que le daría la sorpresa de su vida y la sorprendida fui yo – dijo mientras sacaba un pañuelo de su bolso.

Sin detenerse comenzó a contarme como había conocido a aquel tipo en una fiesta de su trabajo y que sin pensar se habían convertido en amantes los últimos 2 meses. Siguió bebiendo mientras relataba con detalle que al principio pensó que era solo una buena forma de satisfacer sus necesidades de mujer divorciada, pero que fue tanta la pasión y tan bueno el sexo que se había clavado hasta llegar al día de hoy en el que lo iba a sorprender y pedirle que vivieran juntos. En la última cita aquel hombre olvidó un sobre del banco en su casa y así fue como se llenó de valor para aparecerse en su puerta aunque nunca esperó encontrarse con su esposa y darse cuenta que no estaba muerta.

Ahí sin quererlo pude conocer a la amante de mi vecino de dos pisos arriba y ahora estaba ahí bebiendo conmigo y confesándome los fetiches sexuales de aquel hombre que se hacía pasar por viudo con esta mujer e interpretaba un papel de esposo recto y de buenos valores con los que habitamos en este edificio, pero que en la intimidad con esta mujer le encantaba que le metiera el dedo en el ano y de vez en cuando le gustaba que lo sometieran y le pusieran sus latigazos obligándole a obedecer.

No puedo negar que entendí perfectamente las razones que tenía para acostarse con esta mujer, sus piernas largas llegaban hasta sus caderas de donde surgían un par de nalgas estupendas de esta mujer entrada en los cuarentas. Ya nos habíamos bebido la mitad de la botella y charlado por un par de horas, ella mucho más tranquila retomó la etapa de las disculpas mientras me miró a los ojos. Su semblante cambió y sonrió mientras me preguntó:

– ¿Eres tú el que estaba frente al edificio y que le enseñé mi entrepierna mientras me bajaba del coche? – dijo mientras su rostro se ponía rojo.

Asentí mientras ella se disculpaba nuevamente. No sé si fueron los tragos, el calor de la noche o simplemente el tenerle ahí en mi sala que le pedí que no se disculpara, que ni siquiera había visto nada por la velocidad del momento. Fue entonces que ella sin decir más dejó el trago en la mesa y se recargó en el sillón mientras abrió sus piernas mostrándome su sexo apenas cubierto por una tanga muy sui generis. Sonreí y le dije que no era necesario.

Ella se levantó y sin decir nada se giró mientras se levantaba el vestido y me dejó ver sus hermosas nalgas.

– ¿No vas a dejar que me vaya así verdad? – dijo en un tono más grave

Se quitó el vestido e inmediatamente el sostén dejándome ver sus hermosos pechos rosados coronados por un delicioso par de pezones cafes que mostraban lo excitada que se encontraba aquella mujer.

– Puedo hacer lo que tú quieras, pero por favor no dejes que me vaya – suplicó mientras se sacaba de entre las nalgas su pequeña tanga.

Yo seguía sentado ahí frente a ella embelesado recorriendo con la mirada cada espacio de su cuerpo, era asombrosa, su cuerpo magnífico se erguía frente a mi pidiendo que no perdiera la oportunidad de degustar del sabor de su piel.

Justo cuando se acercaba a mi le ordené que se detuviera y que regresara al sillón. Le pedí que se sentara y que se comenzara a tocar mientras yo le iba indicando donde tocarse. No pasó mucho tiempo para que comenzara a jadear y a mojar el sillón mientras su cuerpo se retorcía cada que de su interior salían sus dedos escurriendo de sus jugos íntimos. Le pedí que no se detuviera. Me acerqué y me coloqué de espaldas en el piso sin quitarme la ropa. Le pedí que se levantara y que se colocara sobre mi rostro. Desde que se bajó del coche deseaba probar de su sexo. Le pedí que descendiera hasta que sus labios húmedos quedaron sobre los míos y con mi lengua comencé a recorrer su vagina que en ese momento ardía e me llenaba la boca con cada lengüetazo.

Ella se acostó sobre mí y con sus manos bajó la cremallera y sacó mi pene que ya estaba muy rígido y lo metió en su boca mientras dejaba escapar pequeños gemidos cuando con la punta de la lengua yo le acariciaba el clítoris que para esos momentos estaba muy hinchado y con cualquier roce le provocaba que apretara mi cabeza entre sus piernas mientras con sus labios le brindaba placer a mi otra cabeza. Así estuvimos un buen rato hasta que ella no pudo más y se enderezó para llegar al orgasmo nuevamente y comenzó a moverse mientras gritaba que siguiera recorriendo su vagina hasta que su cuerpo se tensó y sus labios apretaron mi lengua mientras de su interior un río me llenó la boca y el piso de su néctar con sabor a mar.

Pensé que ahí se desvanecería su deseo pero me equivoqué, se levantó y sin decirme nada se colocó sobre mi verga dura y de un golpe se introdujo toda mi virilidad en su vagina y como poseída por un deseo salvaje cabalgó sobre mí con una fuerza y vigor con el que ninguna otra mujer lo había hecho conmigo. Sus pechos rebotaban y sus gritos estoy seguro que llegaban hasta los oídos del perverso mojigato de mi vecino. Sus manos arañaron mi pecho cuando comenzó a sentir que estaba cerca de correrse nuevamente y colocó su mano por detrás y tomó mis testículos con gran control de sus dedos y comenzó a frotarlos justo en medio de ellos y de pronto comenzó a hacer círculos con sus caderas mientras hacía lo mismo con su dedo en la base de mis huevos llevándome al clímax al mismo momento que ella. Ambos nos miramos mientras yo me aferraba con mis manos a sus nalgas y ella ya sin control se estrellaba una y otra vez contra mí hundiéndose mi verga vibrante hasta que no pudimos más y mi semen inundó su vagina mientras ella nuevamente mojó todo a nuestro alrededor.

Había sido perfecto, la invité a la cama y les juro que no salimos por varios días, hasta que ambos saciamos nuestros deseos y una vez que cumplimos cada una de nuestras ideas más perversas.

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